—No, por mí puede quedarse por allá... Haré el chocolate a la seis, y lo dejaré quemarse al rescoldo...

El cura de Riofrío quedó anonadado. La perspectiva de un chocolate con tela por encima y requemado le aterró.

—No hagas tal, mujer, no hagas tal... Vendré a tiempo.

—Ya le digo que a mí no me importa, que se quede por allí si gusta...

—Pero, mujer, no te sulfures por tan poco... Has de ser razonable.

—Yo soy como Dios me crió... y usted también... Pero no he de estar hecha una esclava todo el santo día al pie del fogón, sin poder disponer de un minuto...

—Bueno... bueno... bueno: entonces me quedaré en casa... no hay nada perdido, mujer.

—No, señor, no; váyase con el sobrino de paseo, que aquí queda la esclava tostándose la piel, hasta que al señor se le antoje sacarla del fuego.

—Vamos, mujer, no te incomodes... me quedaré...

—¡Si no me incomodo! ¡Incomodarme yo!... ¡Anda, anda, pues buena soy para incomodarme!... Váyase, váyase cuanto antes con el sobrino...