—¿Prometes volver?

—Tengo que ir a la fuente por el jarro de agua para la cena.

—¿Y ésta que traes?

—Es del río.

—Bien; entonces, ¿para qué he de entrar en casa? Te aguardo; ven pronto.

Sentose el cortesano sobre una de las paredillas del camino a esperar. No tardó mucho en aparecer de nuevo Rosa con un jarrito de barro negro en la mano. Y, sin acordarse del desafío, se emparejaron, enderezando el paso hacia la fuente.

Por el camino le fue contando Andrés cómo su tío le había impedido venir primero, aunque sin dar cuenta de la conversación que con él había tenido. Rosa le explicó lo que había hecho en el día. Por la mañana había ido con Rafael a un castañar en busca de hoja para lecho del ganado; después había estado en el molino limpiando centeno; así que comió tuvo que ir a la Formiga, lugar bastante alto de la misma parroquia, por un celemín de maíz para molerlo.

—¡Qué lástima que yo no lo hubiese sabido!

—¿Para qué?

—Para acompañarte.