—No me gustan los acompañamientos... y más por esos sitios... ¿No ve usted que todo el mundo me conoce, y se reirían al verme con un señorito?
Andrés dijo que al primero que se riese le rompería la cabeza. Rosa sostuvo que no había motivo, que cada cual podía reírse cuando bien le antojara.
La fuente estaba un poco apartada del camino, en una hondonada sombreada de arbustos y zarzas. Bajábase a ella por un sendero empinado y resbaladizo. Mientras el jarro se atracaba de agua lentamente con el hilito que caía de la canal, los jóvenes se sentaron en un banco tosco de piedras, y continuaron su charla, entreverada de risa. Andrés sostenía con formalidad que iban aumentando mucho sus fuerzas con el ejercicio, que levantaba ya una porción de libras más a pulso. Rosa se burlaba de este aumento: cada cual tenía las fuerzas que Dios le había dado: no quería creer en la eficacia de la gimnasia, que el joven trataba de explicarle con calor. Quiso que ella le apretase la mano, a ver quién resistía más. El orgullo le impidió chillar, aunque buenas ganas se le pasaron de hacerlo. En cambio, ella no aguantó el apretón sin decir «¡basta!», lo cual llenó de regocijo al joven, a quien hacía sufrir la superioridad muscular de una mujer, por más que fuese aldeana.
Al tiempo de recoger el jarro, jugaron con el agua. Ella le salpicó la cara para vengarse de lo que antes le había hecho. Él arrojó desde lejos una piedra al charco, y consiguió mojarla bastante. Entonces ella corrió a él velozmente, y le paseó repetidas veces las manos mojadas por el rostro. Andrés luchó débilmente por desasirse. El contacto de aquellas manos, un poco deformadas por el trabajo, morenitas y regordetas, le causó exquisito deleite. Cansado de jugar, se sentó y atrajo suavemente hacia sí a la joven por la punta de los dedos. Rosa tenía arremangada la camisa y lucía unos brazos redondos y tersos que, si no eran modelo acabado de perfección escultórica, no dejaban por eso de ser bellos. Andrés sacó el pañuelo, los secó esmeradamente, y después de acariciarlos algún tiempo con la vista, se resolvió a besarlos. La aldeana le dejó hacer, sonriente y sorprendida de que un señorito se humillase a posar los labios en sus rudos brazos de labradora.
—Vamos—dijo al fin,—voy a recoger el jarro, que ya está oscureciendo.
Subieron de nuevo por el senderito al camino real, y tornaron a emparejarse. Andrés le propuso que fuesen de bracero, como los señores en la ciudad, y viéndola suspensa, sin saber en qué consistía, se lo explicó prácticamente. La zagala lo encontró muy gracioso. Se dejó conducir de este modo, soltando a cada instante frescas carcajadas, y haciéndole mil preguntas acerca de las costumbres cortesanas.
El camino estaba solitario. Mas al doblar uno de sus recodos, tropezaron de frente con un hombre, vestido de modo singular en aquel país, con levita negra de alpaca, pantalón y chaleco blancos y sombrero de jipijapa. Era D. Jaime, el tío de Rosa. Ésta, al divisarlo, se apartó bruscamente de Andrés, con señales de grande turbación. D. Jaime, que tuvo tiempo para verlos perfectamente, los saludó con voz melosa y dejo americano.
—Buenas tardes, señores... ¿Vienen de dar un paseíto, verdad? Está bien... la tarde convida.
—No, señor; no venimos de paseo—dijo Andrés.—Encontré a Rosa en la fuente, y la venía acompañando hasta su casa.
—Está bien, señor, está bien. Las jóvenes andan mal solas a estas horas por los caminos... Vengo de tu casa, Rosita: estuve un momentico charlando con Ángela y con Rafael...