D. Jaime se apresuró a explicar el encuentro.
—Me había sentado un momentico a descansar... La tarde está tan grata que no apetece meterse en casa, ¿verdad, señor?
Andrés, que había vuelto en sí perfectamente, puso en duda esta explicación en el fuero interno; pero se limitó a contestar:
—Sí que está muy hermosa... la noche, no la tarde. Pero a mí me espera mi tío para cenar, y no puedo disfrutar de ella... Conque hasta la vista, don Jaime.
—Aguárdese un instante, señor, que caminaremos juntos... Yo también me voy hacia la posada, porque al fin la cena es lo primero, ¿verdad?
Andrés contestó no muy satisfecho:
—¡Claro!
Y se emparejaron, marchando por el sombrío y desigual camino de la cañada en dirección al pueblo.
—Usted, señor, estará encantado de este país, ¿verdad?
—Mucho.