—¡Tan pintoresco, tan verde, tan frondoso!... Y luego con estos aires tan saludables que aquí se respiran... Usted se ha puesto muy bueno, señor... parece otro.
—He mejorado bastante; es cierto.
—No hay como la buena vida y no acordarse de los negocios... Los trabajos de cabeza concluyen con la persona... A mí me han hecho mucho daño también.
«¿Qué trabajos de cabeza habrá tenido este mercachifle estólido?» dijo Andrés para sí, y en voz alta:
—Tiene usted razón, los trabajos intelectuales debilitan: en cambio el ejercicio corporal y la vida del campo obran milagros.
—Así es, señor, así es. Pero a los jóvenes les cuesta trabajo llevar esta vida sencilla. A mí, que ya soy viejo, no me importa... Pero usted no sé cómo puede vivir sin sus teatros y sus cafés y sus círculos de personas instruidas con quien poder hablar de ciencias... y saber lo que pasa en la política.
—¡Oh, perfectamente! Crea usted que lo paso a maravilla.
—Eso consiste en que sabe buscarse distracciones agradables, aunque sea entre estas breñas...
Andrés se puso en guardia observando el tonillo zalamero de estas palabras y la risita falsa que las acompañó.
—Nada de eso. Mis distracciones son idénticas a las de usted y a las de todo el mundo.