—¡Mal año para tí, demonio!... ¡mal año para tí!... ¡Nunca pensara!... ¿Qué diablo de mosca te ha picado?

—Pues me ha picado tu hija Rosa.

—¡Ya me lo olía yo! Es el mismo diablo esa chica... Más artera que ella no la hay en toda la ría... ¡Mira tú que para atrapar a un pez tan largo como tú, que ha corrido las siete partidas, ya se habrá dado maña la indina!

Tomás halagaba de este modo la vanidad de su hermano, quien reía beatíficamente, a pesar de saber a qué atenerse en cuanto a sus dotes de seductor.

—En fin, Jaime—siguió el aldeano encogiéndose de hombros,—si me la había de llevar otro bribón, más vale que seas tú.

D. Jaime rió también la gracia: estaba para reírlo todo.

—Ella es lista como una anguila y saltarina como una cabra... pero tiene el corazón igual que una manteca fresca... Es muy noble... muy noble... y al mismo tiempo muy amorosa... Teniendo cuidado de sujetarla un poco por la pierna será como una cordera... Después, nada melindrosa para comer... lo mismo se pasa con carne que con unas pocas de judías... En habiendo pan en la masera, ya está satisfecha... No te malgastará un cuarto, Jaime...

Esto llegó al corazón del indiano, que expresó su contento con un silbido especial, dándose al mismo tiempo fuertes palmadas en las rodillas.

—Voy a llamarla para darle la noticia... No andará muy lejos la muy pícara... De seguro que ya sabe lo que estamos hablando... ¡Las coge al vuelo!

El aldeano se asomó a la caja de la escalera y gritó: