—Ángela, di a Rosa que venga en seguida... Está en la huerta escogiendo avellana...

La fisonomía del indiano se nubló al pensar que iba a encontrarse frente a la joven. Por primera vez se le ocurrió que podía ser desairado. No tardó en presentarse Rosa.

—¿Qué me quería, padre?

—Saluda a tu tío, mujer... no te hagas la disimulada—profirió Tomás en tono de zumba, que rebosaba de alegría.

La joven quedó inmóvil y sorprendida.

—¡Vamos, picarona—dijo el padre sacudiéndola rudamente por el hombro,—que buen pájaro has atrapado!

-¡Yo!

—¡Sí, tú!... Ahí tienes a tu tío, que ya se entregó como un borrego... ¿Qué mil diablos le has dado a comer para sujetarle así por las orejas?

Y viendo que la chica le miraba cada vez con más sorpresa:

—¡Abre los ojos, tunanta... abre los ojos!... Acaba de decirme que quiere ser tu marido.