Rosa frunció repentinamente el entrecejo, y después de un instante de vacilación, en que temblaron sus labios, como para decir muchas cosas a la vez, dejó escapar estas palabras secamente:

—Falta que yo quiera ser su mujer.

Tomás soltó una carcajada estrepitosa. Acostumbrado a la salidas originales de su hija, pensó que ésta era una de ellas y la encontró muy chistosa.

—No se ría, padre, no se ría, que lo digo como hay Dios en los cielos; que no quiero.

El aldeano cortó repentinamente el hilo de su risa y se quedó extático mirándola.

—Vaya, vaya, chica... ¡qué me estás ahí cantando!

—Que no quiero.

—¿Que no quieres casarte con tu tío?—dijo clavándola una mirada aguda.

—No, señor, no quiero—dijo Rosa con firmeza.

Padre e hija se miraron un instante a los ojos. Tomás se puso extremadamente pálido. Un relámpago siniestro cruzó por su fisonomía. Después avanzó lentamente y, sacudiéndola por el brazo, le preguntó con ira mal reprimida: