D. Jaime, viéndole algo más sosegado, fue a coger el sombrero que tenía sobre una silla, y se dispuso a irse. Tomás, mirándole con inquietud, le dijo:
—Pierde cuidado, Jaime... A ésta ya la curaré yo de su enfermedad... ¡Mira, tengo allí las medicinas!
Y apuntaba a un rincón de la sala, donde estaban arrimados unos cuantos garrotes.
D. Jaime, sin responder palabra, bajó la escalera y salió de casa con traza de ir muy desabrido.
XII
Aquella tarde, reparando Andrés en una herida reciente que Rosa tenía en la mejilla, le preguntó con interés:
—¿Qué es eso, Rosita?
—Que me he lastimado con una rama al coger manzanas.
—¿Por qué te subes a los pomares?... Un día vas a matarte.
—Porque me gustan las manzanas verdes—repuso encogiéndose de hombros.