A los tres días se le presentó con una nueva herida en la frente.
—Pero, chica, ¿te has lastimado otra vez?
—Sí.
—¿Cómo ha sido eso?
—Pues estaba mi padre partiendo leña, saltó una astilla y me dio en la frente.
—¡Qué atrocidad! ¡A riesgo de saltarte un ojo!... Ten cuidado, chica, con tus ojos, que me gustan mucho.
Rosa sonrió tristemente.
Por último, otro día la halló con un brazo en cabestrillo sobre un pañuelo anudado a la garganta. Aquella vez se había caído viniendo de la fuente con una herrada en la cabeza. Andrés quedó preocupado. No acertaba a explicarse tantas coincidencias; pero como no tenía dato alguno que pudiese suministrarle explicación más verosímil, pronto se disiparon sus cavilaciones. Rosa estaba risueña y jovial, tan viva de lengua y de ademanes como siempre. Tomás, cuando le veía, que eran pocas veces, le acogía con el mismo tono entre respetuoso y zumbón que tan mal le sabía en el fondo.
Al cabo supo lo que pasaba, de un modo casual. Se hallaba cierta tarde, contra su costumbre, leyendo en el corredor de casa, resguardado de los rayos del sol por la parra, cuyos sarmientos pendían del alero, formando fresca y tupida cortina. La luz se quebraba entre sus pámpanos, los doraba, los hacía transparentes, y llegaba hasta él suave y dormida. Aunque abstraído en la lectura, percibió claramente los pasos del ama, que entraba en la sala y daba vueltas poniendo en orden los muebles. El cura, que había ido a la iglesia, llegó poco después, y entró en la casa sin ver a su sobrino, y subió a la sala quejándose del calor. Entablose un diálogo, y al instante comprendió que ignoraban su presencia en el corredor.
—¿No le han dicho nada de lo que pasa en el Molino, señor cura?—preguntaba D.ª Rita con su voz nasal, quejumbrosa.