—¿Qué me habían de decir, mujer?... ¿Que Andrés bromea un poco más de la cuenta con Rosa?... Ya estoy cansado de saberlo... Por cierto que hace algunos días le he hablado de ello, aconsejándole que dejase esas tonterías...
—¡Buen caso hace él de sus consejos!... Vamos, veo que usted no está enterado... ¿No sabe que D. Jaime quiere casarse ahora con ella?
—¿Qué dices, mujer?...
—Lo que oye. Hace ya más de ocho días que la pidió a su hermano, que, por supuesto, ¡abrió un ojo!... Pero la chica, pásmese usted, se niega a casarse con su tío, y todos dicen que tiene la culpa el sobrino del cura, que la ha levantado de cascos... El padre, con esto, dicen que la pega cada pie de paliza que la pone como una breva. Pero ella se empeña en que no, y que no, y no hay quien la saque de ahí...
—¡Me dejas tonto!... No sabía una palabra de todo eso...
—¡Claro! usted nunca quiere saber nada de lo que perjudica a su sobrino.
—¿Y qué barajas tiene que ver mi sobrino con que D. Jaime quiera casarse con Rosa, y con que ésta no le quiera a él?
—Porque si su sobrinito no anduviese haciéndole la rosca, la chica se daría con un canto en los pechos por atrapar a su tío... Pero ya se ve, a usted no hay que tocarle el sobrinito, porque en seguida se pone hecho una víbora... Pues sépalo usted, que todo el mundo lo dice, que ha sido y es un calavera perdido... y que si vino tan malo a este pueblo, no ha sido por enfermedad que Dios le haya dado, sino por los excesos de comer y beber, y de otras cosas...
—Vamos, Rita, déjame en paz y no digas simplezas... Demasiado sé lo que es mi sobrino.
—¡No, si yo no digo nada! ¡Ya me libraría yo de decirle nada!... ¡Pues bueno es usted para que le diga nada malo de su familia!... Y eso que bien poco se han acordado de usted siempre, y con bastante despego le han tratado... No parece más que tenían a mengua alternar con usted...