—¿Te sigue pegando tu padre?
La chica se encogió de hombros y sonrió de modo expresivo.
Él bajó la cabeza y se mantuvo callado unos minutos. De pronto rompió a hablar con violencia.
—Pero ¿no hay un tiro que mate al pillo de tu tío?... ¡Ese bribón cree que te va a entrar el amor con los palos!... Estoy viéndole azuzar a tu padre... «Pégale, pégale, que ya cederá»... Si no fuese por ti, ya le hubiera roto el bautismo... y aun si le tropiezo, no sé si podré contenerme.
—¡Madre mía, cómo se apura D. Andrés!—exclamó riendo la aldeana.—Cualquiera pensaría, al verle tan enfadado, que me quería de veras.
Andrés sonrió también enternecido.
—¡Vaya si te quiero, Rosita!—contestó acariciándole la mejilla.
Pero aquellas palabras le hicieron considerar más tarde, cuando se retiró a su casa, que estaba causando mucho mal a Rosa: se echó justamente la culpa de lo que la pasaba: convino consigo mismo en que su comportamiento dejaba mucho que desear en la ocasión presente: consideró que sería más noble apartarse de ella pronto, antes que sintiese un verdadero y fuerte interés por él; y, por último, falló que a los quince días justos, a contar del de la fecha, se despediría de aquellas altas montañas, verdes praderas y río cristalino, para la villa y corte de Madrid. Mientras llegaba la hora de partir seguiría visitando a Rosa, haciendo lo posible por ser cauto en las palabras y reprimir los ímpetus de su corazón.
Mas al día siguiente de tomada esta resolución, sobrevino un acontecimiento que la modificó bastante. Se hallaba por la tarde, como de costumbre, en el molino sentado al par de Rosa en grata y amorosa plática, cuando repentinamente se apareció por allí Tomás. Como nunca se le había ocurrido ir a aquella hora desde que Andrés frecuentaba el sitio, Rosa se inmutó muchísimo y el mismo joven se sintió también no poco turbado, aunque procuró disimularlo, acogiendo con sonrisa amistosa al molinero.
—Hola, D. Andrés, ¿también viene usted al molino a comerme la harina, como los ratones?—dijo el paisano riendo campechanamente.