—¿No ve usted qué gordo me voy poniendo con ella?—repuso Andrés aceptando la broma.
—Pues tenga cuidado, que he echado por los rincones bolitas de fósforos.
—Soy un ratón muy fino y los huelo de lejos.
—¡Ya! Usted es un ratón madrileño, más tuno que los ratones de la aldea, ¿verdad?
Y al decir esto, sin cesar de reír con malicia burda, entró en el molino, dejó en el suelo un gran cesto que traía sobre los hombros, y se puso a trastear por la estancia. Sacó maíz de un fuelle, lo midió, lo vertió en el cesto, anduvo con el mecanismo de las ruedas y ejecutó otras maniobras. Mientras tanto, Andrés y él seguían tiroteándose como dos grandes amigos. Rosa, que conocía bien a su padre, guardaba silencio obstinado, aplicándose a coser.
Al cabo de un rato Tomás la llamó.
—Rosa.
—¿Qué quería?
—Ven acá.
La chica se levantó y fue hacia su padre. Éste se plantó frente a ella, mirándola severamente.