—Oyes, ¿por qué no has puesto a moler el maíz del tío Ángel, como te mandé?

—Porque vino Telva, la de la Cuesta, con un celemín, diciendo que no tenían qué comer en casa hoy... Tanto me rogó que se lo eché... Esta noche se puede moler el del tío Ángel.

—¿Y a ti quién te mete a hacer favores a Telva sin permiso mío?

—Como otras veces lo hice y no me dijo nada, yo pensé...

—¡Pensaste! ¡pensaste!... Pues para que no pienses otra vez, toma...

Y sin más aviso, le descargó un tremendo bofetón. Tan tremendo, que la chica cayó al suelo como privada de sentido.

Al ver aquel acto de barbarie Andrés, se puso en pie vivamente. La sangre le subió al rostro y no pudo menos de exclamar:

—¡Qué brutalidad!... ¿Por qué le pega usted de ese modo tan bárbaro?

—Porque quiero enseñarla a obedecer.

—Ahora no había motivo.