—¡Un poquito menos de bola, y la mía hubiera entrado por los palos!... Pero me veía obligado a tomar mucha bola, para que el mingo bajase; porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? él me hace villa y se mete en casa... ¡Y a mí no me conviene eso!
Si los circunstantes asentían, aunque perdiese todas las mesas no le importaba nada. Salvada su honra profesional, el dinero era lo de menos. Vuelta a dar otro tacazo, y vuelta a comentarlo. No cesaba de hablar. Pues otro tanto pasaba en el tresillo; pero, al revés de lo que suele acaecer en este juego, se abstenía de reprender a sus compañeros y de mostrarse enojado. Hablaba, sí, y mucho; pero siempre para aclarar o glosar cualquier jugada, repitiendo infinitamente los conceptos en tono elocuente y persuasivo, que hacía sonreír a los mirones. «Si no me hubiera fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito más... No me atreví a dar la bola porque me figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres de copas no había de ser de oros?... Con dos estuches siempre ha tirado una vuelta este cura.» Era un compañero ruidoso, pero muy fino y muy desinteresado.
—Oiga uzté, ¿no va uzté a jugar?—le dijo Valero, metiendo la cabeza por entre los jugadores y examinándole las cartas.
—¿Cree usted que se puede?—preguntó Moro vacilante.
—A mí me parece que zí.
—Hay poco de esto y demasiado de esto otro—repuso, señalando discretamente con el dedo los naipes.
—Zin embargo, zin embargo... yo creo...
—Bueno, bueno, jugaremos—replicó Moro con su finura acostumbrada.
Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mirada a sus compañeros y alzó los hombros con resignación. En cuanto Valero se apartó un poco, apresurose a decir por lo bajo:
—No quise contrariar a D. Enrique; pero aquel juego no se podía ganar.