Vindicada con estas palabras su fama, quedó tan alegre como si les hubiera dado una bola.

El conde de Onís, que en un principio se había mostrado jaranero, fue quedando poco a poco pensativo y amurriado. Jugaba sin atención alguna; de tal modo que sus compañeros le llamaron al orden más de una vez.

—Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy? Le veo muy preocupado—dijo al fin D. Pedro.

—En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triztón—corroboró Valero.

Viéndose interpelado de este modo brusco, se turbó como si temiera que el casco de su cerebro fuese trasparente y leyesen dentro.

—No tiene nada de particular... Me siento bastante molesto de las muelas—respondió, apelando a un inocentísimo recurso.

—Mala enfermedá e, compañero—dijo Valero.

Y todos le compadecieron y se informaron con interés de las particularidades de la dolencia.

El conde se veía apurado y contestaba vagamente a las preguntas.

—Pues contra ese mal, señor conde—apuntó Saleta,—no hay mejor medicina que el hierro. Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las muelas siendo estudiante. No me atrevía a sacar ninguna; pero la patrona que tenía en Santiago me convenció de que, atando un bramante a la muela y sujetándolo por el otro cabo al techo, poco a poco iba saliendo sin dolor. Me senté en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela estaba bien amarrada, la huéspeda tira de la silla y me deja colgando. ¡Claro, no tenía más remedio que saltar!...