Fernanda le miró en silencio, con curiosidad burlona bajo la cual chispeaba una alegría imposible de ocultar. El conde se puso colorado hasta las orejas, y las hubiera entregado seguramente a las tijeras por no haber pronunciado aquellos dos fatales monosílabos.
—Bien...—dijo la joven alzándose de la silla.—Hasta luego. Me alegro de verte bueno.
—¡Escucha!
—¿Qué hay?—dijo retrocediendo el paso que había dado para alejarse y posando en él unos ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de fascinarle.
—Perdona si mis palabras te han ofendido.
Fernanda hizo una mueca de desdén y se alejó exclamando:
—¡Arrepiéntete, pecador, que el infierno tienes delante!
¡El infierno! Esta palabra, soltada a la ligera, como broma, hizo dar un vuelco a su corazón; despertó la preocupación constante de su existencia desde hacía algún tiempo. Todos los Gayoso habían vivido bajo la influencia de esta idea funesta. Pero el terror de sus abuelos parecía dilatarse en su espíritu, atormentándolo, enloqueciéndolo. Amalia necesitaba luchar heroicamente para distraerle por poco tiempo de sus escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo seña para que se acercase, le vio alzarse tétrico de la silla y aproximarse lentamente como si le arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y orgullo para mostrarse herida de la corta plática que acababa de tener con su antigua novia. Le acogió con la misma sonrisa, dirigiole la palabra con su habitual y afectada ligereza, y no se acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus labios pálidos se contraían de coraje cada vez que le veía volver los ojos hacia aquélla. Y el incauto lo hacía amenudo.
Una hermosa niña de ojos azules y flotante cabellera dorada apareció en la puerta, conducida por una doméstica.
—¡Oh, qué tarde!—exclamó la señora de Quiñones.—¿Por qué ha tardado usted tanto en traerla, Paula?—añadió severamente.