Ésta contestó que la niña se había entretenido jugando al milano que le dan, y que lloraba cada vez que la querían acostar.
—¿No tienes sueño aún, rica mía?—dijo la dama trayéndola hacia sí y pasándole la mano tiernamente por los bucles de su cabellera.
Los tertulios se interesaron vivamente por la criatura. Fue de uno a otro recibiendo caricias y pagándolas con afectuosos besos de despedida.
—Buenas noches, Josefina.—Hasta mañana, rica.—¿Has sido buena hoy?—¿Te ha comprado tu madrina la muñeca que cierra los ojos?
El conde la miraba con los ojos húmedos, haciendo esfuerzos increíbles para dominar su emoción. La sentía siempre que se ofrecía a su vista aquella niña. Cuando le tocó la vez no hizo más que rozar con los labios su rostro cándido. Pero Josefina, con el admirable instinto que los niños tienen para saber quién los ama, se colgó a su cuello dándole pruebas de particular cariño.
Fernanda también la contemplaba con vivo interés, con una intensa curiosidad que le hacía abrir extremadamente los ojos. Josefina tenía seis años, la tez nacarada, los ojos de una dulzura infinita, azules y melancólicos; algo de triste y enfermizo en toda su diminuta persona. El parecido con el conde saltaba a la vista.
Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél chocaron con los de Fernanda. Sintiose turbado: fue a sentarse más lejos.
Josefina vestía con elegancia. Los señores de Quiñones la criaban con mimo, como hija adoptiva. Por mucho tiempo éste fue el asunto preferido de las murmuraciones de Lancia. Se averiguaba con vivo interés el coste de sus sombreritos; se comentaba el número de juguetes que le compraban; hacíanse cálculos sobre la cantidad en que la dotarían al casarse. Pero ya se habían fatigado de tanto comentario. Tan sólo cuando venía rodada se dejaba escapar alguna alusión mordaz, o se noticiaba al oído algún nuevo descubrimiento.
La niña fue a parar a un grupo donde estaban María Josefa, la doncella de la lengua devastadora, y Manuel Antonio, bello siempre como el primer rayo de la mañana.
—Oyes, Josefina: ¿a quién quieres más, a tu madrina o a tu padrino?—preguntole aquél.