—A madrina—respondió la niña sin vacilar.
—Y a quién quieres más, ¿a tu padrino o al conde?
La niña le miró sorprendida con sus grandes ojos azules. Pasó por ellos una ráfaga de desconfianza y respondió frunciendo su hermoso entrecejo:
—A mi padrino.
—¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? ¿no te lleva en coche a la Granja? ¿no te ha comprado el trajecito de charra?
—Sí... pero no es mi padrino.
Los del grupo acogieron con risa esta respuesta. Comprendían que la niña mentía. Don Pedro no era hombre para inspirar afecto muy vivo a nadie.
—Pues yo creo que el conde también es tu pa...drino.
—No tal; yo no tengo más que un padrino—manifestó la chica, cada vez más recelosa.
Y se alejó del grupo.