—Criarla para doméstica lo haría cualquiera en Lancia. Nosotros debemos hacer las cosas de otro modo.
D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de aquella verdad innegable.
Josefina cruzó el salón para ir a acostarse. Al pasar rozando con Fernanda, que estaba sentada y sola, ésta la pilló al vuelo por un bracito y la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que en aquel momento rebosaba de su corazón, desbordose con violencia sobre la criatura, a quien cubrió de besos. No se acordó para nada de su rival, a quien adivinaba vencida. Sólo pensó en que era hija de él, su sangre, su misma imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules profundos, melancólicos, aquella tez nacarada, aquellos bucles dorados que circuían su rostro como un nimbo de luz.
—¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan hermosa, Dios mío!
Y apretaba sus labios contra él y hasta sumergía el rostro entre sus hebras con tanta voluptuosidad y ternura que estaba a punto de llorar.
En aquel momento una voz estridente, imperiosa, sonó en sus oídos.
—¡Todavía no te has ido a acostar, arrapiezo!
Y al levantar los ojos vio a Amalia, con el rostro pálido, los labios apretados, que cogió a la niña con violencia por el brazo dándole una fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta.