Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, atónita, la siguió con los ojos. Jamás había visto en el semblante de su madrina tanta frialdad y dureza. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin hacer el más leve movimiento, que Paula cumpliese el mandato.
Pronto quedó la cabecita rubia mondada como un melocotón. Las domésticas prorrumpieron en carcajadas.
—¡Hija de mi alma, que retefeísima te han puesto!—exclamó María la planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.
—No digas eso, mujer—repuso Concha con dejillo amargo.—¡Si está preciosa!
Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente pequeña, casi tan pequeña como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los criados de la casa temían.
Paula reía también pasando y repasando sus manos por la cabeza de la criatura.
—Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabéis dónde lo habéis de hallar—prosiguió Concha.
Disipada la lástima, adivinando que la chiquita había caído en desgracia, las criadas se entregaban a la alegría cambiando bromas sin gracia, pero que las hacían reír perdidamente. Josefina había permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron al fin hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas pestañas. Concha se incomodó:
—¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!... No tienes tú la culpa, sino los que te crían como una princesita siendo tanto como nosotras... digo, menos que nosotras—añadió por lo bajo,—que al fin tenemos padres.
—¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrás pelo otra vez—dijo María con acento maternal.