Y tomando uno de los preciosos bucles de la cabellera, lo separó de un tijeretazo.

—¡Déjame, Paula!—gritó la niña.—¡Lo voy a decir a madrina!

—¿Sí, preciosa? ¿Vas a decírselo a madrina de veras?... Bueno, ya se lo dirás cuando terminemos.

Y sin hacer más caso de sus protestas, dejando caer las palabras con zumba, prosiguió imperturbable su tarea. Pero la niña se bajó de nuevo, irritada, furiosa. Entonces Paula pidió auxilio a Concha, la costurera, y mientras ésta la tenía sujeta a la silla, aquélla la fue despojando uno a uno de todos sus bucles. Después arregló como mejor pudo los cabellos que quedaban.

—¡Qué lástima!—volvió a exclamar la planchadora.

—Hija, no está mal así tampoco—repuso Paula peinándola con esmero.

En aquel momento apareció la señora en el cuadro de la puerta.

—¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y Concha me han cortado el pelo.

Amalia avanzó algunos pasos por la estancia y, evitando la mirada de la niña, fijó los ojos severos en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad:

—No está bien así. Córtelo usted al rape.