—¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ¿No te han dicho que no subas sin que te llamen?—preguntó frunciendo aún más el ceño.

—Quería darte un beso—dijo con voz apagada Josefina.

—Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso.

Pero la niña, embargada por la emoción, no sabiendo a qué atribuir aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se echó aún más sobre el regazo y trató de subirse para alcanzar su rostro.

—Dame un beso, madrina.

—¡Quita! ¡Déjame!—replicó la dama impidiéndola alzarse.

La niña se obstinó.

—¿No me quieres? Dame un beso.

—¡Que te quites, chicuela!—gritó enfurecida.—¡Lárgate ahora mismo!

Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón. Josefina, después de tambalearse, rodó por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una silla.