Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no lloró. Un sentimiento de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones infantiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que brotaba a los ojos. Dirigió a su madrina una mirada de indefinible tristeza y salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a la escalera se dejó caer sobre un peldaño y rompió a sollozar.
Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes delicadas de aquella niña, que hasta entonces sólo flores había hallado en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de día en día. A la par crecía también la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso de un capricho. Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la dama.
—Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde.
—¿Pues?
—Dice que está sucio.
Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña y, cogiéndola por un brazo y sacudiéndola rudamente, le dijo:
—¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que en esta casa no eres nadie? ¿Que estás aquí por misericordia? Ten cuidado no enfadarme, porque el día menos pensado te planto en la calle, de donde te he recogido.
Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes. Josefina hasta entonces había sido tratada como hija de los señores: en adelante se la consideró como una hija postiza: más tarde, como advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos cuidados que antes se veía obligada a prodigarle, de aquellas ásperas reprensiones que recibían por su causa. En particular Concha, la microscópica doncella, experimentaba una alegría indecible, propia de su carácter maligno y rencoroso, cada vez que la señora mostraba de algún modo su desdén por la niña recogida.
Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín, alegre y espaciosa. Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojábase en un cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que compartía con María. El gabinete de Josefina había sido siempre para ella objeto de envidia. Más de una vez la había expresado con palabras bien pesadas para aquélla. Aprovechándose de la disposición de su ama, obtuvo permiso para dormir también en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una alcoba contigua, tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente, hizo uso del tocador y de los enseres de la niña. Pocos días después la mandó a dormir con María en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama. Cuando ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo: la reprendió sin aspereza por no haberle dado parte, pero no modificó los hechos consumados.
Más adelante se le ocurrió degradarla de otra manera. Josefina comía a la mesa con los señores. El alto y poderoso maestrante no había consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedió al fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su señora, comenzó a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el servicio de la mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y sí en una pequeñita que se le puso en el cuarto de la plancha, próximo a la cocina. A los pocos días la misma Amalia, en un acceso de mal humor, dijo que aquel doble servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen a la cocina a comer con los criados.