Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo dominar la molestia que sentía, el conde se despidió.
—Este negocio de Luis no se presenta nada bien—decía a última hora Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla, donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.—El matrimonio con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos disgustos.
—¿Crees tú?...—preguntó María Josefa para tirarle de la lengua.
—¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo?
—¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?—preguntó Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los treinta y dos, le convenía hacer patente su candor.
—¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta fanciullina—exclamó, haciendo cómicos ademanes de susto, el marica.—¡No me hacía cargo!... Nada, monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...
La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras.
Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable, condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar de sí el malestar de aquella entrevista.
Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado.
Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.