Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese la señal se entregaría atado de pies y manos.

El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió a declararse ella. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta calma y en tono resuelto:

—Yo no volveré a casarme segunda vez.

Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven, reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún:

—No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo.

El conde la contempló desencajado.

—¿Es de veras eso?—preguntó al fin con voz temblorosa.

—¡Y tan de veras!—repuso ella mirándole sonriente.

—Dame esa mano, Fernanda.

—Tómala, Luis.