Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces.

El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto. Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte quedarían unidos para siempre.

En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que les tocaba en lo más vivo del corazón.

Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la siguió.

—Adiós, Laura—dijo pasando delante de ella.

Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente:

—¿Cómo sigue tu amo?

—El señor conde no está malo.

—¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de compras para la señora?

—Son camisetas para el señor conde.