—¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar.
La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido.
—Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija.
—Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas.
—¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar.
—Yo no sé nada de eso, señorito—se apresuró a replicar la criada con señales de turbación.
—¡Quita allá, hipocritona!—exclamó riendo.—Tú lo sabes como yo y como todo el mundo... ¿Y para cuando?
—Le digo que no sé nada.
Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro.
—Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa...