La justicia del barón.

En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia. Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego. Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la tarde está declinando.

A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro.

Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito: toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.

De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos moriría primero de apoplejía.

Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.

—¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!—exclamó después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego. Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar los tarros y las copas.

El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear tres o cuatro veces la lengua, dijo:

—Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los papas.

—¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!—volvió a exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte.