—Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.

—¡Señor barón!—exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la legua.—¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro!

El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo con perfecta tranquilidad:

—No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor (llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al pontífice.

—Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía dos.

—No.

—¿Cómo no?—rugió el capellán poniéndose carmesí.

—Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.

—Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.

—Todo eso está muy bien, pater, pero el rey siempre arriba, ¿estamos? y los demás a callar y obedecer.