—¡El papa no calla nunca, señor barón!
—Pues se le pone una mordaza.
—¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la ponía estando cerca Fray Diego de Areces!—gritó el clérigo alzándose convulso y echando fuego por los ojos.
—Siéntese, pater, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de Areces no es más que un cazuela.
El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse otra copita, «de nones,» como él decía.
Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.
Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:
—Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por cazuela.
—¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que signifique uno u otro?
—Es que yo quisiera... ¡entendámonos!