—Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre pecho y espalda y yo otros dos... o algo más—añadió haciendo un número prodigioso de guiños.

—¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!

—Aquí ya no hay barones ni frailes—exclamó el noble en un arrebato de buen humor alzándose de la silla.—Aquí sólo quedan el tío Francisco, que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos cinco...

Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo firme.

—¡Vengan esos cinco, valiente!

El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.

—Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.

—¡No me hable usted de abrazos!...—gritó el clérigo enfoscándose de nuevo.—Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...

—No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.

¡Ay, ay, ay! mutilá
Chapelen gorriá.