—¿Qué haces ahí?—dijo el barón, agarrándola por un brazo.

—¡Perdón!—exclamó Josefina en el colmo del terror.—¡Por Dios, no me pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho.

La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de tono, dijo:

—No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas?

—Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa.

—¿No tienes padres?

—No, señor.

—¿Vives en Lancia?

—Sí, señor.

—¿Quién es tu madrina?