—Una señora.
—¿Cómo se llama?
—Amalia.
—¡Porra!—exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.—Es la niña recogida por D. Pedro Quiñones.
—¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?
—Sí, señor.
—Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros.
—¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!
—No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!—añadió palpando su ropa.—Anda, anda.
Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el acero.