—No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa. Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...
Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera la atrapó por el brazo.
—No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.
Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.
—¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he acusado nunca a madrina...:
—¡Suelta, suelta!—repuso la costurera tratando de desasirse suavemente de sus pequeñas manos.—No tengo más remedio que obedecer. La señora lo manda.
—¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!—respondía entre sollozos la criatura.—Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te he de dar mi caja de muñecas...
—¿De veras?—dijo dulcificándose.
—Sí, ahora mismo si la quieres.
—¿Y el estuche de costura?