—También.

—¿Y el armarito de espejo?

—Sí, el armarito también.

Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.

—¿Y me prometes ser buena siempre?

Sí, le prometía ser buena siempre.

—¿Nunca más escaparte?

—Nunca.

—Bueno—dijo con tono cariñoso y condescendiente;—pues si prometes ser buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!

En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente, riendo como una loca del engaño.