—¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!...—exclamaba la diminuta criada, pasándole a su despecho relámpagos de risa por los ojos.
Manín se sentó de nuevo para engullir el pan que quedaba y beber otro vaso de lo blanco. Josefina mientras tanto sollozaba en un rincón, llevándose las manos heridas a la boca, palpándose las mejillas acardenaladas por los ballenatos. Manín se dignó echar hacia ella una mirada.
—No llores, tontina, que el dolor de los zurriagazos pasará y la ciencia te quedará en la mollera para siempre—dijo cortando con su navaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca.—Si quieres saber mi dictamen, cuanto más te peguen más contenta debes de estar. ¿Qué serías tú si Concha no tuviese la misericordia de castigarte duro? Una chafandina que no valdría un celemín de bellotas, una bestia, salva sea la comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa too lo que se la pida. (Pausa mientras se corta otro pedazo de pan y lo muele, levantando un bulto como el puño en el carrillo derecho)... Anda, que si yo hubiera tenido como tú maestros que me alzasen el pellejo a correazos, no sería un burro, no me llamarían Manín, sino don Manuel, y en vez de ser un mísero súdito, andaría por ahí dándome importancia, paseando por Altavilla con las manos atrás como los señores y leyendo las gacetas en el casino. (Otra pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte en lo justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo quieres aprender esas cosas tan enrevesadas sin algunos lampreazos? ¿Quién aprendió daqué nunca sin azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvieras conocimiento, criatura, darías gracias a Dios por haberte puesto una maestra que es como una gloria. Para too sirve la endina, para too tiene las manos finas y los pies listos, ¿verdá, tú?
Concha se había puesto grave otra vez, sentándose y haciendo un gesto imperioso a la niña para que se acercase. Tocábale el turno a la gramática. Aquí andaba peor todavía que en la historia, séase por la falta de memoria o porque el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un ballenazo ahora y otro después y otro y otro. Manín, fiel a sus convicciones pedagógicas, aplaudía con la boca llena, cortando grave, esmeradamente, en figuras geométricas los pedazos del pan antes de conducirlos con toda solemnidad a los labios. Las faltas fueron muchas; los golpes fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, Concha consideró que a más del castigo correspondiente a cada falta, teniendo en cuenta lo mal que la niña lo había hecho, convenía terminar con un vapuleo general que las comprendiese todas. La alzó de la silla y, blandiendo la formidable ballena, exclamó:
—Ahora, para que estudies mejor y se te despierten los sentidos, ¡toma!
Tantos y tan recios fueron los golpes, que la criatura, tratando de huir aquel martirio, se agarró con las manos crispadas a las sayas de su verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse colgado inconscientemente a ellas, la cinta que las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, dejando a la costurera solamente con la camisa. Dio un grito de vergüenza y se apresuró a levantarlas. Pero sin pararse a atar otra vez la cinta, echando una mirada de profundo rencor a la chica, salió de la estancia sujetándolas con las manos.
—¡Buena la has hecho, buena, buena, buena!—exclamó Manín, tallando con primor el bocado que iba a llevar a la boca.
La criatura, paralizada de terror, no lloraba. No le dolían siquiera las heridas. Al cabo de pocos momentos se presentó de nuevo Concha acompañada de la señora. Ésta venía sonriendo sarcásticamente.
—Por lo visto, a la señorita le gusta ahora desnudar a las doncellas delante de los hombres. Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto? Manín habrá visto bien por todos lados a Concha. ¿Verdad, Manín, que la has visto cómodamente?
Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asustada.