—No tenga miedo, señorita. Tranquilícese usted, señorita. Yo no vengo aquí a azotarla. Eso de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda ya de azotes! Sólo vengo a invitar a usted para que dé una vuelta por la cueva... la cueva de los ratones... ya sabe usted. Allí se puede entretener en desnudar alguna rata de las muchas que vendrán a visitarla... Vamos, deme usted la mano para que la conduzca con toda ceremonia.
La niña fue a ponerse detrás de una silla; desde allí, perseguida por Amalia y por Concha, corrió alrededor de la mesa; por último, se refugió detrás del mayordomo.
—¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas!
Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó a la señora. Tomáronla cada una por una mano y la arrastraron, apesar de sus gritos penetrantes.
—¡A la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina, perdón! Mátame primero. ¡Mira que tengo mucho miedo! ¡A la cueva no, que me comen los ratones!
Los criados salieron al pasillo y presenciaban mudos y graves aquella escena. Los gritos de la niña se fueron perdiendo en la oscura y tortuosa escalera que conducía al sótano.
Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y empujó a su hija hacia el interior. Cerró con furia; pero la niña había corrido hacia la salida, y la puerta le cogió la mano. Oyose un grito desgarrador. La valenciana abrió otra vez la puerta, dio un fuerte empujón a la criatura que la hizo caer al suelo, y echó la llave.
La cueva era un calabozo húmedo y negro donde sólo penetraban algunos tenues rayos de luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió en otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no había allí más que botellas vacías.
La niña apenas quedó sola se incorporó, miró a todos lados loca de terror, quiso gritar y la voz se le anudó en la garganta; por último, extendiendo las manos, acometida de un fuerte temblor, cayó desvanecida.
Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que había presenciado el encierro, movido de compasión, acercose a la puerta y miró por el ojo de la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo.