—Josefina.
La chica no respondió. Llamó más fuerte. El mismo silencio. Asustado, gritó y golpeó en la puerta con todas sus fuerzas sin obtener contestación. Entonces apresurose a subir para dar parte de lo que pasaba, a riesgo de perder su empleo. Amalia mandó a Concha con la llave para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula subieron a la criatura privada de sentido, fría y rígida, con los caracteres de la muerte impresos en el rostro. Temerosa de las complicaciones que con esto pudieran sobrevenir, la esposa del maestrante se apresuró a meterla en la cama. Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero inmediatamente se declaró una fuerte calentura. Llamose al médico. Encontrola bastante mal. Para explicar la herida de la mano y los cardenales que presentaba, Amalia, fértil en mentiras, inventó una historia que el doctor creyó o fingió creer.
Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. Amalia seguía con ojos inquietos el curso de la enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser sobre el cual había vertido las hieles amargas de su corazón; pero le agitaba la idea de perder de una vez su venganza. Justamente al tercer día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia de que en la noche anterior había salido Fernanda en la silla de posta para Madrid, y que Luis sólo tardaría cuatro o cinco días en reunirse con ella. Experimentó violenta sacudida. Una ola hirviente de bilis inundó su pecho. Aquella noche tuvo fiebre también. ¡Se le escapaban! No había posible venganza para aquel traidor. Iría a Madrid, se casaría; tal vez allí recibiría la noticia de la muerte de su hija; lloraría un poco; al cabo las caricias de su adorada esposa se la harían olvidar. De aquellos amores tan largos, tan vivos, no quedaría más que un hombre paseando su dicha por Europa, y en Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo de befa a los corrillos de Altavilla. Sus carnes fláccidas temblaron. Los instintos vengativos de su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No, no podía ser! Antes arrojarle su hija muerta a los pies, antes clavarle un puñal en el corazón.
Ocurriosele una idea singular y terrible: contárselo todo a su marido. Ignoraba lo que esto daría de sí, pero por lo pronto provocaría un escándalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran poder y prestigio. ¿Quién sabe el destrozo que la bomba podía causar? Cierto que estaba paralítico y no podía tomar venganza por su mano; pero ¿no se le ocurrirían a aquel hombre tan altivo y puntilloso medios de volver el mal que le causaran? Ella caería entre las ruinas, pero caería con gusto si el traidor pagaba de algún modo su perfidia.
Después de mucho batallar con este pensamiento, no arriesgándose a hacer la confesión de palabra ni a escribirla bajo su firma, remitió a D. Pedro, disfrazando la letra, una carta anónima. «La niña que usted ha recogido hace seis años es hija de su esposa y de un caballero que frecuenta su casa y a quien usted llama su amigo. No le digo a usted el nombre. Busque usted y no tardará en hallar al traidor.—Un amigo leal.» Echola al correo y esperó con ansia el efecto que producía.
D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó. Su rostro se contrajo fuertemente y se cubrió de palidez cadavérica.
—¿Quién te escribe?—preguntó ella con naturalidad.
El maestrante se repuso inmediatamente y, doblando la carta y guardándola, respondió haciendo esfuerzos por asegurar su voz, que temblaba:
—Nada, un recomendado mío que se queja de que le han dejado cesante... ¡Ese gobernador! No tiene memoria ni formalidad ninguna.
Inquieta ya y esperando con ansia los acontecimientos se retiró a su gabinete. Por la tarde llegó Jacoba con misterio y le entregó un billete de parte del conde.