—¿Qué quiere de mí ese hombre?—preguntó sorprendida y en tono despreciativo.

—No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi casa y allí espera contestación.

El billete del conde decía:

«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peligro de muerte. Por lo que más quieras en este mundo, por la salvación de tu alma, concédeme una entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde ya no puede ser, ven mañana por la mañana a casa de Jacoba.—Tuyo, Luis

—¡Tuyo! ¡tuyo!—murmuró con amarga sonrisa.—Has sido mío, sí, pero has cambiado de dueño. Te costará caro.

—¿Llevo contestación, señorita?

Quedó pensativa unos momentos; dio algunas vueltas por la estancia, completamente abstraída; se acercó al balcón y miró por los cristales. Al fin dijo, volviéndose a medias y con gran sequedad:

—Bueno, iré mañana a la hora de misa.

—Me ha preguntado con grandísimo interés por la niña.

—Dile que sigue lo mismo.