El conde, regocijado con la mejoría de la niña, se mostraba expansivo y más locuaz que de costumbre, sin poder ocultar la felicidad que le embargaba, pensando que todo estaba arreglado a medida de sus deseos. Josefina dichosa al lado de su madre; él dichoso al lado de Fernanda; Amalia resignada y tributándole siempre un cariño dulce y cada día más acendrado.

Ésta le miraba con cierta curiosidad burlona. Cuando terminó, dijo sonriendo benévolamente:

—Sobre todo desde la noche en que viste a Fernanda con aquel precioso vestido descotado, ese grito debió de hacerse insoportable.

El conde sonrió también, avergonzado.

—No lo creas, Amalia; siempre he sentido remordimientos. Claro está que al hacerse uno viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya blanquea por varios sitios, como estás observando. Lo que en un joven puede disculparse como locura, como expansión irremediable del fuego que corre por las venas, en un viejo se llama crimen. El amor, a la edad en que yo estoy, no debe tapar con sus alas la luz de la razón, y si la tapa merezco el calificativo de insensato. Mi resolución podrá sernos amarga a los dos. A mí me lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme de una pasión que a fuerza de tiempo casi se ha convertido en costumbre. Existe, además, por desgracia, entre los dos un lazo imposible de romper por completo. El Destino ha hecho nacer del fango de nuestro pecado una flor hermosa, una cándida azucena. Apartemos el crimen de su frente: ya que ha sido engendrada por un amor ilegítimo, no la manchemos con nuestra conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella viviendo como cristianos.

—Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese curso de doctrina cristiana haya venido tan tarde y haya coincidido con la llegada a esta población de tu antigua novia. Porque parece así como si tuvieras olvidado por completo el catecismo, y ella viniese a refrescarte la memoria. Pero, en fin, en eso no debo meterme porque no me concierne. El resultado es que te casas. Haces bien. El hombre está mal solo, y cuando halla una compañera digna, como tú has hallado, no debe perder la ocasión. Fernanda es una buena muchacha; segura estoy de que te hará feliz. Tendréis muchos hijos y, después de una vida larga y dichosa, iréis al cielo.

Sorprendiole a Luis aquella resignación y no pudo menos de sentir alguna inquietud.

—¿Y tú serás también feliz?—le preguntó tímidamente.

—¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz o desgraciada!—dijo alzando los hombros con ademán desdeñoso.

—¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la locura a que nos entregamos durante siete años. Había un dejo amargo en ella que yo percibía hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir. Una vida pura y digna, la tranquilidad de la conciencia, la estimación de las personas honradas te darán más contento que la pasión culpable... Además, tienes lo que yo no tengo... tienes a tu lado un ángel, un lirio tierno y fragante que embalsamará tu existencia.