—¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella será la que me ha de proporcionar los únicos buenos ratos que pasaré en adelante.
Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan aguda y estridente, que Luis sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Lo que he dicho; que por fortuna tengo a Josefina para resarcirme.
—¡Es que lo dices de un modo tan raro!
La valenciana dejó escapar una risita singular que salía allá del fondo de la garganta y sonaba de modo siniestro. Luis la miraba fijamente, cada vez más inquieto.
—¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué retontísimo! El egoísmo ha puesto tales cataratas en tus ojos que no ves ni lo que tienes delante. Si tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás inspirarme lástima; a tu edad no me inspira más que risa y desprecio. Pensar en que cuatro palabrillas insolentes sobre la moral y la conciencia bastarían a obligarme a aceptar satisfecha la humillación que me impones; suponer que yo, a quien si no conoces debieras conocer, voy a consentir que me arrojes como un trapo sucio, que me arrastres como una cautiva enamorada a los pies de Fernanda para que le sirva de almohadón cuando suba a tu lecho, es el colmo de la estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me pides también que sea tu madrina de boda?
El conde la contemplaba con los ojos dilatados, expresando la ansiedad y el espanto.
—De modo que lo que me han dicho de los martirios que haces pasar a nuestra hija ¿es cierto?
—¡Y tan exacto! Y aún no los sabes por completo... Mira, voy a referírtelos todos para que no te llames a engaño...