Y con palabra breve, incisiva, con una cruel satisfacción que se le traslucía en la voz, puso delante de su vista el cuadro espantoso de las miserias y dolores que la desgraciada criatura había padecido en los últimos meses. Aquel cuadro era infinitamente más aterrador que el que le había exhibido María la planchadora. El conde, pálido, desencajado, sin hacer el más leve movimiento, parecía la estatua de la desesperación. Al poco rato se tapó la cara con las manos y así escuchó hasta el fin.
—¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame!—murmuró sordamente.
—Sí, muy infame, pero aún espero serlo más. ¿Has oído todas estas infamias? Pues no son nada en comparación con las que haré.
—¡No las harás tal, malvada!—profirió Luis levantándose y abalanzándose a ella.—Antes te ahogaré con mis manos.
La valenciana se escapó hacia la puerta.
—¡Si das un paso más, grito!
—¡Oh, infame, infame!—volvió a exclamar con voz profunda el conde.—¡Y Dios consiente sobre la tierra estos monstruos!
Dio unos pasos atrás y se dejó caer nuevamente sobre el sofá. Apoyó los codos sobre las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Al cabo de largo silencio la levantó diciendo:
—Bueno, ¿y qué exiges de mí?
Amalia dio un paso para acercarse.