—Lo que ya debes de suponer, si es que te queda un poco de sentido común. No exijo que nuestras relaciones continúen, porque a los términos a que hemos llegado no es posible: sería tanto como mendigar tu amor, y tengo demasiado orgullo para ello. Pero no quiero que ni tú ni esa mujer os quedéis riendo de mí; no quiero servir de befa a los que conocen nuestras relaciones, que son todos los que frecuentan la casa. Exijo, pues, como condición para que la niña vuelva a ser lo que era que rompas inmediatamente con Fernanda y no te acuerdes más de ella.

—¡Pero Amalia!—exclamó con acento dolorido.—Bien comprendes que es imposible. Mi boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia: Fernanda me espera en Madrid; faltan muy pocos días...

—Aunque faltase un minuto. Esa boda no se celebrará. Si te casas con Fernanda, tu hija pagará el agravio en la forma que ya sabes.

—¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte a la autoridad. Pediré el depósito de la niña.

—Eso es hablar por hablar, Luis—replicó con calma y sonriendo Amalia.—Las autoridades de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie osará declarar una palabra contra mí.

—Se lo referiré todo a D. Pedro.

—No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelantarías? En vez de impedir mi venganza, como es la suya también, me ayudará.

Hubo un largo silencio. El conde meditaba con la frente apoyada en la mano. De pronto se alzó violentamente y se puso a dar agitados paseos murmurando:

—¡No puede ser! ¡no puede ser!

La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, dijo dando un paso hacia la puerta: