—Adiós.
El conde la detuvo con un gesto.
—Espera.
Amalia permaneció inmóvil, con la mano en el marco de la puerta, clavándole una mirada penetrante.
El conde siguió paseando todavía algunos momentos sin hacer caso de ella.
—Está bien—dijo con voz enronquecida, parándose;—no se efectuará el matrimonio. Tú me dirás lo que debo hacer.
Su rostro demudado revelaba la calma de la desesperación.
—Es necesario que escribas una carta a Fernanda despidiéndote.
—La escribiré.
—Ahora mismo.