—¡Qué elegantísima Fernanda!—exclamó el conde en voz baja, inclinándose con afectación.

La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo un poco el labio inferior con leve mueca de desdén.

—¿Cómo te va, Luis?—dijo alargándole la mano con marcada displicencia.

—No tan bien como a tí... pero, en fin, voy pasando.

—¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí me va perfectísimamente; no te has equivocado—repuso en el mismo tono displicente, sin mirarle a la cara.

—¿Cómo no, siendo en todas partes donde te presentas la estrella Sirio?

—Dispensa, chico, no entiendo de astronomía.

—Sirio es la estrella más brillante del cielo. Eso lo sabe todo el mundo.

—Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una paleta!

—No es cierto; pero está muy bien la modestia, unida a la hermosura y al talento.