—No; si ya sé de sobra que no tengo talento. No te mortifiques en decírmelo.
—Hija, te acabo de manifestar lo contrario...
En el tono displicente de Fernanda iba entrando un poco de acritud. En el del conde, pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de ironía.
—Vamos, entonces te he entendido al revés.
—Algo de eso ha habido siempre.
—¡Caramba, qué galante!—exclamó la joven empalideciendo.
—Siempre que has pensado que pudiera decirte algo desagradable—se apresuró a rectificar el conde, advertido por el cambio de fisonomía de la idea que cruzaba por su mente.
—Muchas gracias. Estimo tus palabras como se merecen.
—Harías mal en no estimarlas sinceras... Además, no necesito yo decirte lo mucho que vales. Eso lo sabe todo el mundo.
—Gracias, gracias. ¿Te has cansado de jugar?