Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo contempló con afectada admiración.

—Repárelo usted bien.

Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de los ojos. Observando con el rabillo del ojo que don Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito, hasta rozar con ella los labios del joven. Pero en aquel instante la retiró bruscamente con vivo ademán. Moro quedó estupefacto. Involuntariamente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notando que éste le clavaba una mirada fría y penetrante, se puso colorado hasta las orejas. Amalia se levantó y se fue al salón, como si quisiera disimular su turbación.

Fue grande la que se apoderó del orgulloso maestrante con el secreto que pensó sorprender. Sus ideas experimentaron violenta sacudida. Agitado por mil sospechas contrarias, dominado por una cólera furiosa, movía entre sus trémulas manos las cartas, sin pensar en ellas, imaginando horribles venganzas contra su esposa y contra el...

¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda encendía aún más su rabia.

Lo que había visto era bien concluyente. Y, sin embargo, su pensamiento no podía apartarse del conde de Onís. Contra el testimonio de sus propios ojos alegaba el instinto, una voz interior que le señalaba sin cesar a su enemigo.

Apareció éste en la tertulia. Saludó fríamente a Amalia y se fue derecho al gabinete; pero Manuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón del frac.

—¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no te nos enfrasques tan pronto en el juego. Mira, aquí María Josefa y Jovita han estado disputando toda la noche sobre la fecha de tu matrimonio. Yo les he dicho: «No disputéis más. Si viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os lo ha de decir.»

—Pues las has engañado—respondió el conde aproximándose al grupo.

—¿Tan grosero te has vuelto?