—No es grosería, es ignorancia. Estas señoritas saben muy bien que las cosas no se realizan nunca como y cuando queremos. Si yo les dijese ahora una época y resultase otra, pensarían que había tratado de burlarme de ellas.
Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, el semblante del conde reflejaba tristeza infinita. Su voz salía apagada y enronquecida.
—¡No, no! ¡Nada de eso!—exclamó riendo Jovita.—Díganos usted un día cualquiera, que aunque luego resulte otro, pensaremos que no ha sido por su voluntad.
—Bueno, pues mañana.
—¡Eso tampoco!—gritaron ambas solteronas alborozadas.
—No son ustedes fáciles de contentar. ¿Qué día quieren que me case? Señálenlo ustedes.
El conde no había dicho una palabra a nadie de la ruptura de su matrimonio. La innata debilidad de su carácter le obligaba a callar una noticia que muy pronto había de difundirse. Tenía miedo a la curiosidad pública, a las preguntas, a que en el rostro le adivinasen las causas de tal resolución. Y temblaba y se entristecía profundamente cada vez que, como ahora, le tocaban este punto.
Hasta entonces no se había traslucido nada. Creíase en la ciudad que de un día a otro se iría a Madrid a reunirse con su futura. Sin embargo, Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de todos sus contemporáneos, había olido algo. Y con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de Inglaterra, principió a recoger noticias y a atar cabos de tal modo que a la hora presente andaba muy cerca de la verdad.
—Muy triste te veo estos días, Luisito—le dijo bruscamente.—Más que de matrimonio tienes cara de testamento.
El conde se turbó y no supo más que contestar sonriendo forzadamente: