Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló con extraña fijeza al conde y relampagueó en ellos una dulce sonrisa.
—¿Eres tú, Luis?
—Sí, vida mía, yo soy.
—¿Adónde me llevas?
—Donde tú quieras.
—Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame a tu casa... Llévame aunque no me des de comer. Estando contigo no me importa morir.
El conde la apretó contra su seno y la cubrió de besos.
—Sí, sí, a mi casa vas—exclamó mientras las lágrimas bañaban sus mejillas.—De allí no saldrás ya nunca, porque para arrancarte necesitarán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, voy a decirte una cosa. Procura entenderla. Haz un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy tu padre... Los señores de Quiñones te han recogido en su casa... pero yo soy tu padre... ¿lo entiendes?
—Sí, Luis, te entiendo.
—Te han recogido, porque yo soy tan malo que te he entregado a ellos en vez de tenerte conmigo.